La Atalaya

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El hundimiento del Sirio

 

El transatlántico "Sirio" con 822 personas entre pasajeros y tripulantes partió en el verano de 1904 desde el puerto de Génova con destino a Brasil; Tras hacer escala en Barcelona navegaba frente a las costas de La Manga con enfilación al Cabo de Palos, cuando de repente un brusco choque paralizó el buque quedando varado y rasgando su casco por el bajo rocoso del archipiélago de las hormigas. En menos de cinco minutos tras la colisión, el "Sirio" empezó a hundirse rápidamente y la tripulación no tuvo tiempo de ponerse a salvo, desde tierra los pescadores de Cabo de Palos se percataron de lo que estaba ocurriendo y de forma heroica rescataron a más de quinientas personas que flotaban junto al lugar donde se hundió el "Sirio", aunque no pudieron evitar que 245 personas murieran ahogadas.

 

En Cartagena se tuvo noticia del suceso tres horas mas tarde del hundimiento e inmediatamente se mandaron dos remolcadores con personal sanitario, los supervivientes fueron trasladados al palacio municipal y el pueblo de Cartagena se solidarizo con los pasajeros prodigándose suscripciones, ayudas benéficas y numerosas donaciones de ropa y comida de los establecimientos cartageneros..

 

 

EL ECO de Cartagena. 14 de agosto de 1906.

E
EL FINAL DEL SIRIO

"El vapor Sirio se ha partido en dos mitades, y una de ellas, la parte de popa, se ha hundido en el mar a una profundidad de cuarenta metros. A consecuencia del hundimiento son muchos los cadáveres que han aparecido: pasan de cuarenta."



A las once de la mañana del lunes día 13 de agosto los tripulantes de una embarcación de la escamparía de guerra, que realizaban el servicio de vigilancia en las proximidades del Sirio, escucharon un terrible estruendo y vieron como el buque naufragado terminaba de partirse en dos mitades, hundiéndose dos tercios del mismo a una profundidad de 40 metros. La zona de proa no se hundió por encontrarse empotrada en la aguja del bajo de las Hormigas.

Al producirse la partición del buque y el hundimiento de su popa, comenzaron a salir decenas de cadáveres, muchos de los cuales fueron rápidamente arrastrados por la corriente. A continuación, el fétido y penetrante olor se extendió por la zona e hizo imposible la permanencia en los alrededores.


Aparte de las decenas de cadáveres que fueron apareciendo en la costa de Cabo de Palos, se encontraron otros muchos en puntos lejanos al siniestro:

En la playa del Cequión, en Torrevieja, apareció el cadáver de una mujer delgada y elegante. Vestía blusa obscura de seda con adornos blancos y morados, con encajes, y llevaba las iniciales D.M. bordadas. Fue identificada como la tiple Dolores Milanés.

El día 21 de agosto apareció en la playa de Cueva Lobos, en Mazarrón, el cadáver de un hombre de unos cincuenta años, estatura media, calvo, con bigote rubio y bien vestido con la americana de la marina mercante italiana. Resultó ser el comisario regio que viajaba en el Sirio.

El domingo 19 unos bañistas encontraron en la playa de Guardamar, en Alicante, otro cuerpo muerto que no pudo ser identificado.

Varios días después aparecieron en la playa de Aguilas los cadáveres de tres mujeres y un niño. No pudieron ser identificadas por encontrarse en avanzado estado de putrefacción.

El sábado 25 de agosto llegó hasta la Algameca, en Cartagena, el cadáver de un joven de unos quince años al que faltaban las extremidades.

Durante las semanas siguientes continuaron apareciendo más cadáveres en playas de Santa Pola, Torrevieja y otros puntos de las costas alicantina y cartagenera. Pero el hallazgo más sorprendente fue la aparición de un sacerdote que llevaba una sotana con vivos morados y que no podía ser otra persona que el obispo de San Pablo del Brasil. Su cadáver apareció en la costa africana, cerca de la población de Marsa-El-Kebir (Puerto Grande), en el Golfo de Orán.


En sus declaraciones a la prensa italiana, el capitán de la Compañía General De Navegación de Génova negó las acusaciones de abandono del barco. Picone señaló que toda la tripulación cumplió perfectamente con su deber y que él había sido el último en abandonar el barco junto a los oficiales Amezaga y Tarentino y el marinero Vizziga, cuando era ya noche cerrada.

La versión del capitán Picone se contradecía por completo con las informaciones recogidas por la prensa española en el momento del naufragio, en las que se cuenta que Picone fue uno de los primeros en abandonar el Sirio, marchando en un bote salvavidas, que momentos después se encontraba en Cabo de Palos observando tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos, y que horas más tarde dormía plácidamente en la pensión La Piña en la calle San Cristóbal la Larga de Cartagena. Los pasajeros supervivientes confirmaron estos hechos y reiteraron que habían quedado desde el principio abandonados a su suerte. Los miembros de la tripulación, por su parte, reconocieron que Picone fue advertido en reiteradas ocasiones tanto por sus oficiales como por los de otros barcos del peligro que suponía su temeraria navegación. Todos estos detalles quedaron suficientemente probados. Respecto a La Veloce quedó demostrado que, aparte de las lamentables condiciones no sólo en materia de seguridad sino de dignidad en las que se instaló a los emigrantes en el Sirio, mintió en los carteles anunciadores de su viaje. En la Agencia Consignataria de Barcelona se anunciaba que el Sirio realizaría su viaje a Brasil en dieciséis días sin otra escala que la de San Vicente de Cabo Verde.

Sin embargo, el Sirio tenía previsto hacer escala, pues así se anunciaba en los distintos puertos, en Aguilas, Almería, Cádiz y Las Palmas.


De haber conocido esta circunstancia, muchos de los pasajeros españoles habrían viajado en el trasatlántico español León XIII.

El afán por ganar tiempo y ahorrar combustible, el tráfico ilegal de pasajeros y la actitud temeraria e irresponsable de un capitán tuvieron como consecuencia la muerte de más de 400 personas, la pérdida -para los supervivientes- de seres queridos, pertenencias e ilusiones, y el hundimiento de un buque: el Sirio.

 

 

 

 

 

 

 

"La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto".

Baltasar Gracián (1601-1658) Escritor español.

 

 

 

 

 

 

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