La Atalaya

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La Península Ibérica, al igual que los demás territorios del Imperio Romano, sufrió diversas invasiones de los pueblos del Norte de Europa, siendo conquistada finalmente por los visigodos, quienes crearon un poderoso reino que duraría más de 250 años, hasta el año 711, cuando la invasión musulmana lo hizo desaparecer.

Estos nuevos hispanos eran grandes guerreros, pero muy primitivos. Fueron aprendiendo de los hispanorromanos y acabaron hablando el latín y practicando el cristianismo, que era la religión de los que vivían en la Península ante de que ellos llegaran.

Hacia el siglo V d.C. (después de Cristo) los visigodos eran ya un pueblo romanizado, que se consideraba a si mismo heredero de la antigua Roma.

A lo largo de los años debieron guerrear con diferentes enemigos, entre ellos los pastores cántabro-pirenaicos del Norte, los bizantinos, que habían llegado de un lejano imperio, por el Sur, y finalmente los árabes, quienes

En el reino visigodo una minoría tenía el poder, y basaba su fuerza en el ejército y en los jefes militares.  Los reyes eran elegidos, y la elección de cada nuevo rey traía luchas sangrientas entre clanes y familias que se peleaban por el poder.

 

 

 

Rey Leovigildo

Fue el rey visigodo más valorado y temido. Se impuso militarmente al resto de visigodos de la Península. Mandó matar a su hijo Hermenegildo, católico, que se rebeló contra él en una sangrienta guerra civil y religiosa. Al final de su reinado, en el 585, había conseguido la unión política del país.

 

División territorial del Reino Visigodo en Hispania:

 

El termino "condado" no debe inducirnos a confusión. En la época que tratamos no existía la división administrativa en condados. El Reino se dividía desde el 585 en seis provincias (Galicia, Tarraconense, Cartaginesa, Galia Narbonense, Bética y Lusitania), aunque es probable que algunas zonas tuvieran tendencia a convertirse en nuevas provincias (pero carecían de la estructura administrativa de las antes citadas), como la región astur-leonesa (conocida como provincia de Asturica), la región de Cantabria (que abarcaba los territorios de Turmogia, Beronia y Autrigonia, y probablemente también Vasconia), Celtiberia (el territorio de la Tarraconense al Sur del Ebro), Carpetania (la parte de la Cartaginense no ocupada por los bizantinos, región más tarde llamada Cartago Spartaria al ampliarse hacia la zona bizantina, por el nombre asignado a la ciudad de Cartago Nova), Oróspeda (que comprendía la parte de la Cartaginense ocupada por los bizantinos y Sierra Morena, y cuya región más tarde fue reducida y llamada Aurariola por el nombre de la ciudad principal), e Hispalis (la parte de la Bética no ocupada ni por los bizantinos ni por rebeldes, pues ésta sería la Bética propia). Dentro de cada una de las seis provincias existía un gobernador romano y uno godo, y un obispo metropolitano con autoridad sobre las ciudades en sus respectivas esferas. Cada ciudad era gobernada por una Curia para los romanos y un conde para los godos; de la Curia dependía la administración de los territorios pertenecientes a la ciudad, mientras que del conde dependía solo la jurisdicción militar y las cuestiones de justicia de residentes visigodos; del Obispo metropolitano dependían los Obispos de las ciudades, y de estos a su vez los sacerdotes parroquiales, es decir los rectores de las Iglesias de las pequeñas ciudades, aldeas y grandes haciendas.

 

 

En el 570 Leovigildo saqueó brutalmente Cartago Nova

 

 

Al morir Atanagildo en el año 567 Liuva I se hizo con el poder en la ciudad de Narbona. Liuva delegó en su hermano Leovigildo el gobierno de Hispania mientras él se reservaba el de la Galia Gótica. Tras el fallecimiento de Liuva en el año 572 será Leovigildo monarca de ambos territorios. Su reinado marca el apogeo del reino visigodo, intentando unificar el territorio peninsular, procurando alcanzar un acuerdo religioso entre arrianos y católicos y poniendo en marcha un importante programa legislativo. El reino suevo -que ocupaba algo más del territorio de la actual Galicia y el norte de Portugal- cayó en manos visigodas definitivamente en el año 585. Algunos años antes Leovigildo sometió la provincia de Cantabria donde ocupó Amaya y tomó parte de Vasconia, fundando Victoriaco. Ambas fortalezas quedaran como centros desde donde lanzar futuras expediciones, ya que vascones y cántabros seguirán manteniendo su independencia. Ocupado el territorio norte, Leovigildo se dirigió al sur para expulsar a los invasores bizantinos que ocupaban la franja sudeste. Las ciudades de Medina-Sidonia y Córdoba fueron tomadas pero no se consiguió acabar con la empresa. Una de las causas será la rebelión encabezada por su hijo Hermenegildo, gobernador de Sevilla y casado con una princesa merovingia de religión católica llamada Ingunda. Hermenegildo abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo, tomando el nombre de Juan, rebelándose contra su padre. Desde Sevilla la revuelta se extendió como el aceite, solicitando la ayuda bizantina y extendiendo la rebelión hasta Mérida. Leovigildo utilizó la vía diplomática para apartar a los bizantinos de la lucha, comprando su neutralidad. Acto seguido atacó Mérida y Sevilla, tomando ambas ciudades tras largo asedio. Hermenegildo huyó a Córdoba donde fue apresado por su padre. El rebelde fue enviado a Valencia desde donde fue trasladado a Tarragona para ser ejecutado en el año 585, siendo elevado a los altares por la curia católica. Las relaciones con los reinos francos fueron bastante estrechas, potenciando los enlaces matrimoniales. También encontramos enfrentamientos como el provocado por Gontrán de Orleans al invadir la Narbonense en el año 585. El príncipe Recaredo rechazó a los invasores y tomó algunas plazas francas. Uno de los objetivos del reinado de Leovigildo sería el fortalecimiento del estado visigodo por lo que se enfrentó con la prestigiosa nobleza , confiscando sus bienes. Estableció definitivamente la capital en Toledo, acuñó moneda propia y puso en marcha una importante labor legislativa heredera del código de Eurico. En la primavera del año 586 fallecía en Toledo, siendo sucedido por su hijo Recaredo sin dificultades

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispania Visigoda

Ernesto Cameron Martín

 

Siglo V en Hispania significa, en la habitual ordenación de la historia, el comienzo de un nuevo periodo al que se da el nombre de Hispania visigoda y que se extiende desde el año 409, poco más o menos, hasta la entrada de los árabes en la Península en el año 711. Una mínima reflexión sobre los hechos nos hace ver, sin embargo, que en casi todo el siglo la dominación visigótica sobre Hispania es prácticamente inexistente, ya que la vida del reino visigodo se desarrolla en torno a la zona sur de la Galia y tiene como centro Tolosa, en tanto que Hispania sigue siendo una provincia romana sometida, como todas ellas, a una serie de vicisitudes protagonizadas por pueblos bárbaros, aunque no visigodos. De todas maneras, si bien no es aceptable la denominación de Hispania visigótica para el siglo V en concreto, también es verdad que el conocimiento del mismo ayuda a entender mejor el proceso posterior, en cuanto que la progresiva desvinculación de Hispania respecto de Roma tiene una decisiva importancia en el asentamiento del pueblo visigodo en la Península. Por otro lado, la naturaleza de la invasión visigoda en Hispania, en nada semejante a las primeras invasiones que la Península sufrió a comienzos del siglo V, se explica en función de la prolongada vecindad de este pueblo en su sede de la Galia, de su estabilidad a lo largo de más de medio siglo. La atención que prestaremos, pues, a este primer período, previo a la instalación del pueblo visigodo en Hispania, se limitará a los aspectos que consideremos básicos para la comprensión de la etapa propiamente visigótica, pasando por alto, en ocasiones, hechos que pueden considerarse decisivos para la historia de la gens Gothorum en la Galia.

 

Los visigodos al servicio de Roma

 

Los comienzos del siglo V constituyen un momento dificil en casi todas las partes de Imperio romano. El desplazamiento de pueblos bárbaros en dirección a Occidente llega a afectar incluso a Hispania, la zona más occidental del Imperio. Rechazados durante cierto tiempo, en el 409 suevos, vándalos asdingos y silingos, y alanos irrumpen por los Pirineos. El choque que para los habitantes de la Península Ibérica supuso su entrada lo registran las fuentes conservadas de esa época, especialmente la crónica de Hidacio. Durante dos años, abandonados como provinciales a sus propios medios de defensa y privados de cualquier ayuda procedente del poder imperial, los habitantes de Hispania sufren saqueos, asesinatos y pillajes por parte de los bárbaros. Ya en el 411, y gracias a un acuerdo entre los pueblos invasores, acuerdo en el que no pareció desempeñar papel alguno el Imperio, suevos, vándalos y alanos se reparten la Península ocupando cada uno de ellos una zona. Gallaecia quedó como sede de los vándalos asdingos bajo el rey Gunderico, y de los suevos, con Hermerico; la Lusitania y la parte oeste de la Cartaginense pasaron a ser ocupadas por los alanos bajo el mando de Audax, y la Bética fue atribuida a los vándalos silingos. De toda la Península quedaba libre la zona oriental de la Cartaginense y la Tarraconense. La falta de intervención del Imperio a lo largo de este período se justifica si pensamos en los problemas que Roma tiene planteados simultáneamente en la propia Italia con la entrada de Alarico, y la coincidente aparición de usurpadores, factores ambos que hacen necesaria la presencia de los ejércitos imperiales en puntos distintos.

 

A partir del asentamiento de suevos, vándalos y alanos, Hispania disfruta de una relativa tranquilidad, hasta el 415, con la aparición en escena de un nuevo pueblo: el visigodo. El espacio de tiempo transcurrido desde el saqueo de Roma (410), a manos de Alarico, ha supuesto un cambio en el equilibrio de poderes. Los visigodos, arrianos, se han desplazado hacia Occidente, hacia la Galia, y Roma se ha recuperado políticamente con la restauración en el poder del emperador Honorio gracias a su general Constancio. La ocupación de la región de Burdeos por Ataúlfo, al frente del pueblo visigodo, es repetida inmediatamente por Constancio. Obligado a abandonar el territorio, Ataúlfo entra en Hispania en la fecha arriba mencionada, instalándose eventualmente en la Tarraconense, en Barcelona. Asesinado ese mismo año, se proclaman sucesores Sigerico y Walía; muere el primero a manos del segundo y queda éste al frente de su pueblo. El carácter provisional del asentamiento visigodo en Barcelona es perceptible en la política seguida por Walía, que en ese mismo año de 415 se pone de nuevo en marcha, cruzando toda la Península en dirección al sur, con la intención de llegar a Africa. Tal vez esa decisión fuera consecuencia del problema de abastecimiento provocado por el bloqueo romano a los puertos del Mediterráneo, pero no hay que olvidar que esta es ta segunda intentona del pueblo visigodo de pasar a Africa; la primera había sido protagonizada por Alarico, desde Sicilia, en el año 410. Y como en el caso de Alarico, tampoco esta vez se logró.

 

La situación de los visigodos en el sur de la Península ofrecía a Roma ciertas ventajas a la hora de ofrecer una alianza (foedus), y el tratado se firma por ambas partes: Walía se compromete a librar la provincia de Hispania de los pueblos bárbaros en ella afincados desde el 409, y a devolver a Gala Placidía, hermana del emperador, en poder de los visigodos desde el saqueo de Roma; a su vez, Constancio, en nombre del Imperio, se obliga a facilitar trigo a los visigodos.

 

Durante dos años, los visigodos, bajo el mando de Walía, se dedican a luchar contra los bárbaros establecidos en las distintas demarcaciones de la Península; acaban prácticarnente con los alanos y vándalos silingos, lo cual suponía la liberación de la Bética, de la Lusitania y de la parte occidental de la Cartaginense. Quedaban los suevos y los vándalos asdingos en su reducto de Gallaecia, poco molestos para el poder imperial dada su colocación extrema. Finalizado su compromiso, los visigodos se retiran de Hispania en el año 418, para establecerse definitivamente como federados de Roma en una zona de la Galia, la Aquitania secunda. Escogen corno capital Tolosa.

 

Este primer contacto de los habitantes de la Hispania romana con los visigodos fue completamente distinto a la experiencia sufrida con los pueblos bárbaros anteriores. Pueblo federado del Imperio, su estancia en Hispania está dedicada fundamentalmente a eliminar a los invasores de años atrás. Y no sólo eso, sino que cumplida su misión, abandonan la Península para asentarse en terrenos de la Galia. Han sido meros instrumentos de una vuelta a la situación previa a las primeras invasiones de Hispania. Es evidente que los habitantes de la Península podrían haber identificado, en un primer momento, el poder de Roma y los visigodos.

 

Los años subsiguientes significan para los visigodos de la Galia un paulatino incremento de poder, al iniciarse con. Teodorico (418-451) la dinastía que había de durar en el trono a lo largo de un siglo, hasta la muerte de Amalarico en el año 531. El poder de Roma se mantiene firme, a pesar de la muerte de Constancio (420) y de Honorio (423), gracias a la intervención de Aecio durante el reinado de Valentiniano III.

 

En la Península Ibérica la presencia de los bárbaros se reduce exclusivamente a los suevos. En efecto, los vándalos asdingos, después de una serie de enfrentamientos con

los suevos, derivados del mutuo intento de dominar en Galicia, bajo la presión romana, se instalan en la Bética (419), lo que acarrea inestabilidad a los habitantes de esa provincia meridional, sometida ahora a constantes saqueos que repercuten incluso en las zonas limítrofes de la Cartaginense. La ayuda imperial, llegada con el fin de someter a los vándalos, fracasa estrepitosamente (422), con lo que los hispanorromanos quedan abandonados a su propia suerte, faltos del apoyo de las tropas romanas. En el año 429, tal vez debido al agotamiento de los recursos de esa zona, los vándalos, acaudillados por Genserico, pasan a Africa.

 

 

Los suevos, como ya hemos dicho, no suponían peligro para los intereses romanos en la Península, dada su colocación geográfica -el rincón noroccidental- y su escasa representatividad numérica. Pero a partir de la desaparición de los vándalos de la Bética, los suevos comienzan un proceso de expansión que les lleva a intervenir en todas las provincias de Hispania, a excepción de la Tarraconense, enfrentándose victoriosamente a tropas imperiales (446); todo ello bajo el reinado de su rey Requila. La ausencia de tropas militares imperiales fijas facilita las victorias de los suevos, que sólo encuentran la resistencia aislada de los habitantes del lugar, y esporádicamente la del ejército romano. Es verdad, no obstante, que esta expansión de los suevos no corresponde en profundidad a la extensión del territorio ocupado, y dentro de zonas que aparentemente habían quedado sometidas a los suevos siguen existiendo reductos independientes, que no dejan de estar controlados por la población autóctona, hecho que facilitarla más tarde la recuperación de los territorios.

 

A esta escasa seguridad existente en la Gallaecia, Lusitania, Cartaginense, y Bética, hay que sumar en la Tarraconense (única donde los suevos se han mantenido alejados) los robos y violencias atribuidos a los bagaudas. Tales movimientos campesinos, de innegable cariz social, aun sin excluir su concomitancia con otros factores, sólo se producen en esta zona de Hispania, coincidiendo con la aparición de focos similares, los respectivos bagaudas de la Galia. A consecuencia de unos primeros ataques interviene el ejército imperial, con la participación de contingentes visigodos, bajo el mando de Asturio, y de Merobaudes después (441), que no acaban con el problema. La fecha de 451, batalla de los Campos Catalaúnicos y derrota de Atila, es de gran trascendencia para el futuro de Hispania. Los visigodos y el Gobierno de Roma, que han actuado juntos, se ven libres de la agobiante preocupación planteada por los hunos, y se encuentran en condiciones de intervenir enérgicamente en Hispania. La llegada de Teodorico II al poder en el año 453 marca ese punto. De nuevo la intervención de los visigodos en la Península Ibérica como federati del Imperio, va a poner fin a una situación no deseada por la aristocracia hispanorromana: la ocupación sueva y los ataques de los bagaudas. En el año 454, Federico, hermano de Teodorico Il, ataja el problema de los bagaudas tarraconenses en una expedición encaminada a tal fin, y en el 456 el propio Teodorico II, al frente de un ejército visigodo, derrota a Requiario, sucesor de Requila, en la batalla del Orbigo, entrando a continuación en Braga y acabando momentáneamente con el poder suevo. Ahora bien, en esta ocasión Teodorico II no se retira inmediatamente con su ejército, sino que avanza en dirección al interior y, después de tornar Mérida, deja un asentamiento visigodo en la ciudad. Retorna a la Galia en el año 457, después de finalizada la campaña que comportaba la creación de una avanzada en Merida. En cualquier caso, la presencia de Federico y Teodorico II al frente de un ejército visigodo se hace bajo los auspicios del poder imperial y en nombre del mismo, La finalidad aparentemente perseguida es colocar a la población hispanorromana en no status anterior al de la entrada de los bárbaros. Y los posibles abusos cometidos por las tropas son imputables, oficialmente, al poder imperial. La no intervención en los asuntos suevos, siempre y cuando persista su localización en el noroeste de la Península, quizá pudiera explicar que sea precisamente la aristocracia indígena de la Gallaecia la que ve con menos simpatía a sus vecinos los visigodos.

 

 

El reino visigodo de Tolosa

 

Los años siguientes son decisivos en el afianzamiento de relaciones entre la población de Hispania y los visigodos de la Galia. La muerte de Aecio y de Valentiniano III (455), la ausencia de un hombre fuerte durante un largo espacio de tiempo (Mayoriano muere en el año 461) hacen que la figura del monarca visigodo adquiera mayor relevancia para los pueblos habitantes de la Península Ibérica: suevos e hispanoromanos. Los suevos procuran granjearse el favor de los visigodos con el sistema de alianzas matrimoniales, dada su situación de inferioridad; los hispanorroniados ven en los visigodos la posibilidad de mantener la situación tardorromana bajo su protección, equivalente a la del Imperio, ahora demasiado ocupado en problemas internos que afectan a su supervivencia. Por su parte, los monarcas visigodos se ven a sí mismos como los más adecuados continuadores del poder imperial virtualmente desaparecido.

 

De hecho, los visigodos que habían ido ampliando el territorio concedido originalmente por el Imperio alcanzan con Eurico (466-484) el apogeo de su poder. La Corte de Tolosa se ha convertido en un centro de atracción incluso para la nobleza galorrornana; se rige por leyes romanas o provincial-romanas adaptadas y la nobleza de la Corte mantiene contactos constantes con la cultura romana; en una palabra, los dirigentes del pueblo visigodo tienen en estos momentos mayores afinidades con la población de procedencia romana que las habituales en un pueblo bárbaro de las primeras invasiones. El reinado de Alarico II (484-507), continuador de la política de su padre Eurico, introduce un nuevo factor de acercamiento: la tolerancia religiosa frente a los católicos, actitud común a casi todos los reyes visigodos anteriores a Recaredo. No es de extrañar, dada esa conjunción de factores, la escasa oposición a su asentamiento ofrecida, en líneas generales, por los habitantes de Hispania.

 

Suele tomarse la fecha de la derrota de Vouillé (507) para datar la penetración en Hispania de los visigodos. Pero no hay que confundir la venida a Hispania de los dirigentes políticos y militares de los visigodos, con los asentamientos de carácter popular y militar, de época muy anterior. Ya hemos hablado de la implantación de godos en Mérida en el año 456 y de una guarnición visigoda en el 458. D'Abadal piensa que los asentamientos en Tierra de Campos, reconstruibles a partir de los hallazgos arqueológicos, pueden datarse en esa misma época. Está registrada igualmente una penetración masiva de visigodos en el año 494, con la finalidad de establecerse definitivamente en la Península y cuya localización no es segura; tal vez esta última fuera provocada por la acentuada presión de los francos sobre los territorios atlánticos ocupados por los visigodos en la Galia. Ya en el 472, Eurico había anexionado la Tarraconense al reino visigodo de Tolosa. De modo paulatino, a partir de mediados del siglo V, la Península se ha ido cubriendo de enclaves militares en unos casos, populares en otros, que concebidos originariamente como una posibilidad de expansión del reino de Tolosa, acabarían convirtiéndose en el definitivo asentamiento del pueblo visigodo.

 

 

En el año 507, los visigodos son derrotados en Vouillé por los francos y muere su rey Alarico II. En Narbona, uno de los escasos núcleos de resistencia a los francos, una parte de la nobleza nombra a Gesaleico (508), ante la corta edad de Amalarico, sucesor de Alarico. Esto induce a intervenir a Teodorico intento de proteger los derechos de su nieto Amalarico y de unir esfuerzos con los visigodos contra la presión franca. Gesaleico pasa a Hispania y allí envía un ejército Teodorico al mando del general lbbas, que hace huir al monarca y acaba con el el año 511. A partir de ese momento comienza un período de la historia visigoda altamente curioso y que, aunque indirectamente, marca la dirección posterior de la misma: la regencia de Teodorico el Grande, que se prolonga a lo largo de quince años, hasta el 526. Aun cuando, en ocasiones, se aplica la denominación de intermedio ostrogodo al período comprendido por la regencia de Teodorico el Grande y los reinados de Amalarico, Teudis y Teudiselo, es conveniente estudiar por separado la regencia del rey ostrogodo, ya que, en muchos aspectos, la política seguida por él refleja una postura no compartida por los monarcas posteriores. Resulta paradójico que la etapa propiamente denominada Hispania visigótica comience bajo el reinado y mandato de un rey ostrogodo.

 

La regencia de Teodorico

 

La derrota infligida por los, francos a los visigodos traslada el centro de gravedad del poder de estos últimos al noreste de Hispania con el consiguiente acceso a la Península de numerosos contingentes militares y administrativos, fuerzas indispensables en la organización. A ello hace referencia D'Abadal al hablar en esos momentos de una inmigración de tipo militar y aristocrático. Evidentemente los seniores Gothorum, a la cabeza de un ejército formado por clientes y esclavos, ocuparían los puntos estratégicos de la Península, desempeñando casi siempre en las ciudades puestos de responsabilidad militar. Efectivamente, parece que Teodorico intentó aplicar en Hispania el mismo sistema que funcionaba en Italia. Defensor a ultranza de una restauración de la administración romana, lo cual suponía una estrecha colaboración con la aristocracia romana del país, mantuvo, sin embargo, la conveniencia de desvincular estas funciones jurídicas y legales de las puramente militares. La prefectura del pretorio de las Galias, con sede en Arles, a la que se encomiendan funciones jurídicas y legales, y que ha sido recreada por Teodorico, se entregó a un aristócrata romano. El poder militar del reino es confiado a un ostrogodo. De esta manera se marca un principio de cooperación y arrinisno tiempo de independencia de esferas. Esta política va acompañada de intentos de conciliación en materia religiosa y de abundantes matrimonios mixtos, factores ambos que ayudan a sentar las bases de un entendimiento entre ambas aristocracias: la visigoda -incluyendo los ostrogodos que la regencia de Teodorico introduce en la Península- y la hispanorromana.

 

La muerte de Teodorico (526) plantea la necesidad de resolver ciertos problemas derivados de la separación del Gobierno itálico e hispánico. Las tropas ostrogodas vuelven a Italia, el tesoro depositado en Rávena desde el desastre de Vouillé es devuelto a los visigodos e Hispania queda liberada de la obligación de proporcionar trigo a Italia. Separado de este modo el Gobierno de Italia e Hispania, la subida de Amalarico al trono de los visigodos supone la independización política de los mismos. Es indicativo de tal hecho la creación de un praefectus Hispaniarum en el año 529 (si es que debemos aceptar esta fecha), lo que significaba la liberación de la sumisión a la prefectura de las Galias en Arles. Parece claro que la creación de tal institución responde al propósito de continuar una política semejante a la de Teodorico el Grande, si bien concediendo un status especial al nuevo centro de interés, Hispania, en detrimento de la zona visigoda del sur de las Galias. Esta política de independización va acompañada de una aproximación fallida a los francos, que termina con la derrota de Amalarico a sus manos. Asesinado en la Tarraconense, las tropas visigodas proclaman rey a Teudis (531-548). Esta derrota de Amalarico coincide con la última penetración de visigodos en Hispania, pues los que en esta ocasión no pasaron quedaron definitivamente en la Galia.

 

 

El origen ostrogodo de Teudis no es tan significativo como su enraizamiento en la Península Ibérica. Llegado con las tropas ostrogodas enviadas por Teodorico el Grande, a él le fue confiado el mando militar. El es ejemplo de esa proliferación de matrimonios mixtos a que antes hacíamos referencia. Casado con una riquísima aristócrata hispanorromana, es claro que su posición se ve reafirmada por ese hecho. Con él desaparece la praefectura Hispaniarum. creada por Amalarico. Sin embargo, no hay razones para pensar que la supresión de ésta u otras instituciones romanas se deba a una decidida presión del monarca, sino a consecuencia de un proceso interno de progresiva inadecuación entre instituciones y realidades, proceso que se prolonga durante un período muy largo. Desde otro punto de vista, la supresión de la praefectura Hispaniarum podría interpretarse corno el resultado de la tendencia a eliminar el esquema dualista impuesto por Teodorico, que comportaba la separación de poderes administrativo y militar según grupos étnicos: esto no excluye que, en un primer momento, la desaparición del dualismo revierta en beneficio del pueblo godo.

 

La política de fusión de intereses en el interior está apoyada por la actitud defensiva ante cualquier posible injerencia del exterior, sea de francos por el norte o de bizantinos por el sur. Las amenazas de invasión franca por la Tarraconense es cortada por Teudis en el 541; el peligro de un ataque de los bizantinos, que desde el año 534 ocupan Africa, intenta conjurarlo conquistando de nuevo Ceuta (548). ya tomada por los bizantinos -acción que acaba en derrota para los visigodos-, y penetrando en la Bética, hasta ese momento libre del dominio visigodo. En realidad, el territorio ocupado de hecho por los visigodos se reduce hasta el momento a la Tarraconense, y a diversos enclaves en la Cartaginense y la Lusitania. Con la creación de nuevas guarniciones en la Bética, Teudis pretende crear núcleos de resistencia en la zona sur de Hispania, limítrofe de Africa, e integrar paulatinamente ese territorio al reino visigodo. Teudis es asesinado en el 540. Teudiselo, también ostrogodo, le sucede por poco tiernpo, y a su vez es asesinado en el año 549.

 

Bizantinos y suevos

 

El siguiente lapso de tiempo Ocupado por los reinados de Agila y Atanagildo constituye una de las fases más caóticas de la España visigoda (549-567); es una época de tanteos, de avance hacia el interior de la Península y de desplazamiento de los centros vitales, de conversión de provincias enteras al nuevo régimen de poder. Uno de los ejemplos más claros de ese difícil proceso de adaptación lo constituye la Bética.

 

Al desplazarse el centro político desde el norte hacia Mérida, los visigodos entran en contacto permanente con los habitantes de la provincia Bética. Esta es la región que menos había sufrido la invasión bárbara del 409, ni en su primera oleada (los vándalos silingos fueron en seguida eliminados por las tropas visigodas, y los asdingos, más tarde, también pasaron pronto a Africa), ni en las subsiguientes incursiones de los visigodos. En consecuencia, los hispanorromanos de ese territorio hablan adquirido ciertos hábitos de independencia en cada una de las ciudades, ya que éstas actuaban corro núcleos administrativos no sometidos a instancias superiores. El concepto de provincia, vacío de contenido a estas alturas, se mantenía sólo nominalmente y las dificultades ofrecidas por ¡as ciudades a su integración efectiva en el reino visigodo no eran fácilmente superables, produciéndose esporádicos brotes de rebeldía.

 

La elección de Agila (549) en Sevilla estuvo apoyada por una facción de la nobleza. Durante los dos años siguientes, Agila se ve obligado a emprender una campaña destinada a reducir Córdoba, pero esta ciudad logra imponerse al ejército visigodo (551) y Agila debe retirarse a Mérida.

Que solo una porción de la nobleza sostenga a Agila está confirmado por el hecho de que en el año 522 la propia Sevilla se rebele contra él en favor de Atanagildo, a quien apoya evidentemente otra facción distinta. Esta lucha interna entre facciones adquiere unas dimensiones especiales en virtud de la petición de ayuda a Bizancio hecha por Atanagildo. Esta no se hace esperar y los bizantinos, al mando de Liberio y unidos a Atanagildo, derrotan a su rival, Agila, en Sevilla. Pero a partir de ese momento el ejército imperial va ocupando toda la zona costera del sureste, desde la desembocadura del Guadalete, aproximadamente, hasta bastante al norte de Cartagena, aprovechándose de las luchas intestinas que todavía dividen a los visigodos: Atanagildo en Sevilla y Agila en Mérida. El peligro evidente que supone la expansión de los bizantinos en la Península es una llamada de atención a los visigodos que, tras asesinar a Agila se pasan a Atanagildo (555).

 

La rapidez con que se llevó a cabo la ocupación bizantina y las dificultades que ofreció Sevilla cuando Atanagildo intentó recuperarla después de su conquista por los bizantinos son indicio de que la población de la Hispania meridional, en términos generales, no vio con malos ojos la llegada de los imperiales. La existencia de un pacto previo entre Atanagildo y Justiniano, cuyo contenido ignoramos, no fue obstáculo para que los visigodos, unidos ya bajo el mando de Atanagildo, se dirigieran contra los bizantinos. Pese a recuperar algunas plazas, no consiguieron, sin embargo, arrojarlos de Hispania, quedando constituida en la parte sur una provincia bizantina.

Desplazados del norte voluntariamente. desalojados por los bizantinos de la parte sur, con Atanagildo los visigodos fijan la residencia regia en Toledo: su situación y excelentes comunicaciones permiten dominar equilibradamente todo el territorio peninsular. Hasta el final de la monarquía visigoda, Toledo se mantendrá como sede central del reino.

 

La excesiva y exclusiva atención concedida por los visigodos a los problemas de la España meridional favoreció durante esta época la expansión de los suevos por las zonas limítrofes a los territorios que ocupaban. Sin embargo, la parte noreste permanece en calma gracias a las buenas relaciones con el poder merovingio, que ve en los bizantinos un enemigo, al igual que los visigodos, y unen fuerzas con ellos siguiendo el sistema de las alianzas matrimoniales: Sigeberto I, rey de Austrasia (561-575), contrae matrimonio con Bruquilda, hija de Atanagildo; Chilperico, rey de Neustria (561-584), se casa con otra hija de Atanagildo, Galesuinta.

 

Cabe suponer que a la muerte de Atanagildo, en el 568, los sucesivos asentamientos visigodos en sus zonas de origen (Tierra de Campos, Alto Ebro y Rioja) y sus guarniciones de carácter militar en puntos de la Tarraconense, Cartaginense y Lusitania, se mantenían sin problemas. Ahora bien, la Bética, no acostumbrada a la sumisión a los bárbaros; la Gallaecia, donde había un equilibrio especial entre la población galaica y los suevos; la Cantabria, tradicionalmente reacia a acatar imposiciones de poder, y la zona bizantina, sometida a los imperiales, eran territorios independientes del poder visigodo. Con todo, y a pesar de la evidente heterogeneidad del panorama, puede hablarse hasta cierto punto de una Hispania visigótica, apoyándonos en el traslado de la capitalidad a Toledo y en el hecho de que dentro de la Península los visigodos constituyen un pueblo que se extiende sobre la zona más amplia y con una política de ocupación más coherente. No es obstáculo su corto número -se han evaluado en unos 200.000-, pues aún así superaban netamente a bizantinos y suevos.

 

 

Unificación territorial

 

El siguiente rey visigodo que se alza con el poder parece significar un retroceso en el proceso de ocupación de Hispania, ya que es proclamado en Narbona por los visigodos habitantes del territorio galo: Liuva. Significativamente, Liuva circunscribe su poder a la Galia Narbonense y, asociando al trono a su hermano Leovigildo, le encomienda el control de la Hispania Citerior. Es perceptible todavía la indecisión entre los dos posibles centros de gravedad del reino, indicio de una Hispania visigótica aún en formación. Leovigildo se casa con Gosvinta, viuda de Atanagildo, y ejerce su influencia al sur de los Pirineos, basada en gran medida en su numerosa clientela personal y en la adquirida a raíz de su matrimonio. Continúa la capital en la ciudad elegida por Atanagildo: Toledo.

 

Los dos problemas fundamentales que se le plantean a Leovigildo son los derivados de la naturaleza de las relaciones internas y de la situación del pueblo visigodo con respecto a los otros pueblos existentes en España. Se impone la necesidad de fortalecer el poder central a fin de atajar cualquier posible escisión de la nobleza goda y evitar situaciones como la tan reciente entre Agila y Atanagildo; mas también hay que acabar con los distintos grupos que coexisten en la Península y que impiden la unidad territorial. Supuesta la consecución de estos dos objetivos, se plantea a los visigodos el aspecto crucial de la conquista: las relaciones con la población hispanorromana. En este sentido puede decirse que los reinados de Leovigildo, Recaredo y Liuva III, que abarcan los afios 569 al 603, forman una unidad. Dedicado el reinado del primero a la resolución de los dos primeros puntos: actividad exterior y reorganización interna, el periodo de Recaredo significa la aplicación de una solución a las relaciones con los hispanorromanos.

 

Empecemos por lo que se refiere a la sumisión de los pueblos coexistentes en Hispania con los visigodos, sobre lo cual disponemos de abundantes datos. La etapa anterior del reino visigodo no arroja noticias sobre las actividades de los suevos. Hay que suponer una progresiva integración de los mismos en la Gallaecia que, a mediados del siglo VI, Con la conversión de los suevos al catolicismo, alcanzará su culmen. La confusión de noticias en torno a ese punto concreto deriva de los distintos datos ofrecidos por Gregorio de Tours e Isidoro de Sevilla; el primero sitúa la conversión en torno al año 550 con Cariarico, e Isidoro de Sevilla sobre el 570 con Teodomiro, aunque ambos coinciden en atribuir el papel central a Martin de Braga. La opción por la primera fecha explicarla la influencia de bizantinos y francos en la conversión al catolicismo, interesados en apoyar a los suevos frente a los visigodos en estos momentos, aunque tampoco la admisión de la segunda posibilidad excluye este apoyo. La presencia de la figura de Martín de Braga, anteriormente relacionado con Bizancio y actualmente con los francos, avalan el supuesto. La iglesia de Gallaecia se reestructura en los Concilios de los años 561 y 572 impulsados por el mismo Martín de Braga y se agrupa en torno a dos sedes: Lugo al norte y Braga al sur. Ya hemos hablado, por otra parte, del virtual estado de independencia de las ciudades de la Bética, de la provincia bizantina al sur y de la situación de constante rebeldía en la región cántabro-vascona.

 

Los primeros años del reinado de Leovigildo, asociado a su hermano Liuva, están dedicados a la sumisión de los habitantes de la Bética no sometidos a Bizancio, y a hostigar la zona costera bizantina. Desde el 570 al 573, año de la muerte de Liuva y fecha en que todo el poder queda unificado en Leovigildo, éste dirige campañas contra Córdoba y ciudades cercanas. Inmediatamente después de la muerte de Liuva, hace consortes del reino a sus dos hijos: Herrnenegildo y Recaredo, y es justo en ese momento cuando se produce un cambio de frente y Leovigildo se dirige contra los suevos, que parecen haber iniciado una política expansionista bajo Teodomiro (561-570) y Miro (570-585). Si la zona de mayor solidez del poder visigodo se centra en torno a Mérida y Toledo, es evidente que la expansión de los suevos en dirección sur suponía un grave peligro. El proceso de contraataque de Leovigildo consiste en cortar toda posible expansión por el este, conquistando y sometiendo los territorios indígenas limítrofes: Sabaria posiblemente por el sureste y Cantabria por el noreste -hay que pensar en el peligro franco-, evitando de ese modo la existencia de una tierra de nadie. La zona sur del dominio suevo era fácilmente controlable desde Mérida. En el año 575, y después de haber cortado cualquier posible apoyo a los suevos, el ataque se hace más directo, y se centra en una de las regiones que hasta cierto punto podían ser consideradas independientes en el territorio suevo, los aregenses. Con el sometimiento de ese territorio, el dominio suevo quedaba cortado en dos y la existencia de varios frentes simultáneos dificultaba sus posibilidades defensivas. El rey Miro solicita una tregua en el 577 y esto permite a Leovigildo reemprender la campaña del sur, interrumpida por la ofensiva contra los suevos.

 

El ataque en el sur se enfoca esta vez sobre una parte hispanorromana hasta ahora independiente: la Orospeda, que linda con la zona bizantino por el noreste. Su conquista, unida a la ocupación de Medina Sidonia y Córdoba, significa cercar a los bizantinos por ese ángulo. A partir de este momento, las guarniciones visigodas se extienden a lo largo de la línea demarcadora de los territorios bizantinos. Este aislamiento de suevos y bizantinos constituye el primer paso de la desaparición definitiva de ambos dominios. Se trata, a todas luces, de una acción conjunta, no aislada, ya que, como dijimos, suevos bizantinos y francos mantienen relaciones amistosas frente a la Monarquía visigoda. Hay que añadir las campañas contra los pueblos del norte, especialmente los vascones: a contenerlos va dirigida la creación de un limes con guarniciones visigóticas en ciudades como Amaya y Victoriaco, fundada por Leovigildo.

 

De todos modos, bajo dominio bizantino quedaba, aunque rodeada de enclaves visigóticos, la zona costera del sur ya mencionada. Con estas limitaciones hay que entender la provincia de la Bética cuando las fuentes nos dicen que Leovigildo en el año 579 se la entregó a su hijo Hermenegildo para que la gobernara. Las razones que llevaron a Leovigildo a adoptar tal medida no son claras, ya que una de las habituales explicaciones que se nos dan del hecho: enfrentamiento entre Ingunda, católica franca, mujer de Hermenegildo, y Gosvinta, arriana, mujer de Leovigildo, por sí sola no parece suficiente. Sea como fuere, Hermenegildo se asienta en Sevilla como gobernador, haciendo a la ciudad capital de la Bética, se convierte al catolicismo y toma el título de rey con poder sobre la provincia que le había sido encomendada en calidad de gobernador, lo cual supone la independización con respecto a Toledo. La rebelión se extiende, Hernienegildo solicita ayuda de sus vecinos los bizantinos y va internándose en dirección a Mérida, punto fuerte desde siempre del poder visigodo. La intervención decisiva de Leovigildo se demora bastante, y sólo en el 582 toma Mérida, aísla a Hermenegildo de apoyo bizantino y le pone sitio en Sevilla. Hermenegildo solicita auxilio del rey suevo, que fracasa en su intento de socorrerle, y al fin se rinde en Córdoba, a donde. había escapado. Prisionero en Valencia durante un año, pasa después a Tarragona, donde es asesinado (583). Nuevamente la zona donde se ha producido el levantamiento contra el poder central ha sido la Bética. Además, y esto era muy importante, seguían existiendo amplias posibilidades de escisión entre los propios visigodos que exigían reforzar el poder central a cualquier precio, refrenando las tendencias independentistas de la aristocracia.

 

La última fase del proceso emprendido por Leovigildo, tendente a la unificación territorial (sólo parcialmente conseguida por él), es inmediata. Los intentos de Hermenegildo de recabar ayuda de bizantinos y suevos y las posibles convivencias entre esos dos pueblos suponían un peligro real sin lugar a dudas. El reino suevo, convertido al catolicismo desde mediados del siglo VI (hay que recordar que el reino visigodo continúa siendo arriano), había intentado apoyar la rebelión de Hermenegildo, y seguía manteniendo relaciones con Bizancio. La muerte del rey Miro supuso el final del reino suevo. Amparándose en la existencia de un conflicto sucesorio, Leovigildo invade la Gallaecia en el año 585 y se anexiona el reino de los suevos. La Gallaecia quedaba convertida en una provincia del reino visigodo.

Durante los últimos años del reinado de Leovigildo, después de sofocada la rebelión de Hermenegildo, y tal vez como reacción a la muerte de Ingunda en el exilio, se producen enfrentamientos con los francos; es Recaredo el encargado de cortar los intentos de penetración en territorio visigodo, incluso haciendo incursiones en zona franca. Esta situación de peligrosidad en la frontera de Septimania se prolonga hasta el reinado de Recaredo.

 

 

"Los acontecimientos, cuando no se escriben,
   no se cuentan o no se recuerdan, es como si no hubiesen ocurrido".

Anónimo

 

 

 

 

 

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